
En cualquier lugar en el que convivan muchas personas se necesitan normas para regular la coexistencia pacífica entre ellas. Los centros educativos como el nuestro, donde convivimos más de 600 personas, necesitan tener unas normas claras, para organizar la convivencia y para conseguir que el profesorado enseñe y el alumnado aprenda. No obstante, hay reglas que aprendemos sin apenas darnos cuenta y otras que nos resistimos a cumplir. Por ejemplo, nadie discute las normas que hay que seguir para conducir un vehículo, porque si no las seguimos el vehículo no se mueve, sin embargo, son más discutibles las normas de circulación e incluso a bastantes personas no les importa transgredirlas. Por consiguiente, a todas las reglas no les damos el mismo valor, unas nos parecen más importantes y otras menos necesarias.
Estas últimas normas, que consideramos menos necesarias, podemos saltárnoslas a la torera. Está claro que para muchas personas las normas, los deberes o las obligaciones no son motivos suficientes para actuar con arreglo a ellas y esto ocurre por diferentes razones. En primer lugar, porque parece que tenemos una tendencia natural a no seguir las órdenes, especialmente cuando se es joven. En segundo lugar, porque si no se cumplen las normas y no pasa nada, éstas pierden valor. En definitiva, las reglas nos pueden parecer adecuadas y razonables, pero éstos no son motivos suficientes para acatarlas. Un niño o una niña saben cuándo es la hora de acostarse, o de dejar el ordenador o la “pley”, o cuándo no pueden salir y, sin embargo, deciden hacer lo contrario de lo que está establecido.
Hay que obligar y exigir al niño o a la niña a que obedezcan normas razonables y justas impuestas legalmente por los padres, por la escuela o por la sociedad. La disciplina es necesaria para hacer que algo que cuesta mucho esfuerzo se convierta en una costumbre fácil de cumplir. Las normas son obligaciones que nos facilitan la convivencia, el esfuerzo, la colaboración con los demás y el autocontrol. Cuantos chicos y chicas fracasan en los estudios porque nadie les impone normas para estudiar en casa y les exige en clase. Hay padres que no desean contrariar a su hijo o hija y profesorado que no quiere problemas. No obstante hay que ver la obediencia como un paso necesario, pero superable. No tiene sentido la obediencia por sí misma, sino como medio para aprender a ser puntual, educado, estudioso o trabajador. Tengan en cuenta que las buenas costumbres que se aprenden con obligación, más tarde se elegirán con libertad.
Es absurdo que se rechacen las normas o la obediencia porque no nos motivan (escuchamos con frecuencia “es que no me apetece estudiar”), y mucho más cuando la alternativa es el capricho o cualquier deseo momentáneo. Motivar es enseñar que el esfuerzo merece la pena, aunque parezca contradictorio. Hay que inculcar a los chicos y chicas que estudiar merece el esfuerzo y el sufrimiento que cuesta, lo mismo que ser un gran deportista, músico o un experto en informática. Como todo lo que resulta duro o difícil de realizar, el estudio tiene que tener unas normas y unas obligaciones que los estudiantes tienen que cumplir. Y si no lo hacen tienen que comprobar su consistencia asumiendo las consecuencias de sus actos a través de la amonestación y penalización de su conducta, pero de esto trataremos en otro momento.
(Texto basado en las ideas de Victoria Camps que se pueden encontrar en el libro “Qué hay que enseñar a los hijos”, Editorial De Bolsillo. Imagen: Colegio Alarcón).
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